Puedes hablar, pero ¿puedes caminar?

Hay dos caras de la religión: la que profesamos y la que proyectamos. Nuestra religión profesada sigue nuestras escrituras y nuestras creencias y son lo que declaramos ser nuestras verdades, nuestros especiales. Es lo que estamos hablando. Nuestra proyección de nuestra religión es cómo actuamos, qué mencionamos, cómo lo mencionamos, y qué y cómo pensamos. Es el sendero que caminamos. Entre otras cosas, tendríamos la posibilidad de profesar amor, pero proyectamos odio (de forma abierta o subrepticia) si alguien no está según con nuestra religión. La divergencia en medio de estos dos rostros supone que tendríamos la posibilidad de estar viviendo una hipocresía, lo que sugiere que no nos encontramos terminados, no integrados, y entonces la vida se regresa inconscientemente insatisfactoria para nosotros, realizando que experimentemos malas intenciones en todo momento. Nos deprimimos y no entendemos por qué. Tenemos la posibilidad de negar la noción de que somos hipócritamente religiosos justificando nuestra hipocresía, o inclusive negándola, pero en lugar de eso, si tenemos la posibilidad de mirarnos a nosotros fácil y honestamente y ver dónde nos encontramos, tenemos la posibilidad de comenzar a volvernos realmente religiosos. Luego de todo, deseamos ser contentos, y si sólo suponemos que somos contentos y de forma simultanea expresamos emociones que crean infelicidad para nosotros y para otros, como la división de los otros, la furia, el prejuicio, la justicia propia o la vanidad, entonces nos encontramos siendo hipócritas con nosotros. Si descubrimos que en verdad somos un trabajo persistente en avance que no se ve verdaderamente hacer mejor a un nivel profundo, entre otras cosas con nuestra depresión, nuestro enojo, y quizás inclusive nuestra responsabilidad, entonces hay una oportunidad real de que nuestra religión no está surtiendo efecto para nosotros, o no nos encontramos haciendo un trabajo nuestra religión. La religión de los trabajadores supone la introspección de uno mismo para ver precisamente dónde nos encontramos, no dónde suponemos que nos encontramos. ¿Cómo estamos con nuestros vecinos? ¿Les amamos realmente o sencillamente los toleramos si son hindúes, musulmanes, cristianos, budistas, asiáticos, blancos, negros, latinos o blancos? Esta auto introspección, desde luego, necesita una observación clara de nosotros con el ego fuera del sendero, y no sólo engañándonos a nosotros. Este es de todos modos lo primero que hay que hacer para cambiarnos a nosotros para mejor; ver precisamente lo que verdaderamente está dando en nuestros corazones y lo que proyectamos de forma pública, contrario a eso que suponemos que está dando. ¿Estamos enfadados? ¿Deprimido? ¿Todavía nos preocupamos, deseamos que las cosas siempre vayan por nuestro sendero? Todo lo mencionado es sintomático de creer que hemos cambiado cuando de hecho no hemos cambiado en absoluto. Una aceptable prueba es cuando alguien nos comunica que nuestra religión es estúpida, el cuento de hadas de un pequeño. ¿Cómo reaccionamos? En la mayoría de los casos, una furia no descubierta se despierta por un instante antes de que la cabeza reaccione psicológicamente y diga:”No soy un individuo enojada, por eso entonces me compadeceré de esta persona desinformada e incrédula”. Lo que pasó ahí es una hipocresía, no estar en sintonía con tus reales sentimientos. Y cuando hacemos eso, nos mentimos a nosotros, lo que está rompiendo un mandamiento. Jamás cambiaremos así, jamás llegaremos a ser como Cristo, o como Buda. No cambiamos porque jamás podemos consultar y aceptar lo que somos. Nos engañamos a nosotros mismos; nos mentimos a nosotros para sostener una alguna imagen de nosotros que queremos. Pero no es verdad. Ser unívoco, no sólo en nuestra religión sino además en nuestras vidas, es clave para estar que viene dentro y en armonía. Esto quiere decir que no debemos acordarse cómo accionar porque permitimos que nuestras actitudes sean espontáneas. No pretendemos ser cariñosos si somos odiosos; expresamos abiertamente nuestro odio, y en la oposición a ese odio dentro de nuestras relaciones es la oportunidad de nuestro cambio. Entonces, nuestras actitudes verdaderamente revelarán lo que somos y dónde nos encontramos con nuestra religión. Si lo fingimos siendo de una forma una vez y de otra forma otra vez, entonces jamás revelamos verdaderamente el verdadero nosotros, inclusive a nosotros, y entonces jamás tenemos la posibilidad de trabajar verdaderamente en lo que nuestras fallas religiosas son. Desde luego, si no nos encontramos apasionados en hacer mejor nuestras vidas y transformarnos fundamentalmente en religiosos y buenas personas, y nos contentamos con tan solo decir que lo somos, y sólo deseamos llevar a cabo puntos o ganar argumentos para impulsar nuestros egos,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *